Leer La Niña que Come Pesadillas pág. 3 | Literatura Fantástica

Leer La Niña que Come Pesadillas pág. 3

– Tania ¡Tania! ¡Despierta! – Buenavista me tiene cogida por los brazos y me balancea hacia los lados -. ¡Tania! – abro los ojos del todo y me los froto, los siento en carne viva. Buenavista parece horrorizada, la saludo y me abraza -. ¡Me tenías preocupada! Desde que me he despertado has estado teniendo convulsiones. Creí que te había mordido una serpiente venenosa o que tenías un ataque.

– Estoy bien, estoy bien.

Miro a mi alrededor, es de día y tengo medio cuerpo fuera de la tienda. Mis compañeras me rodean. Todas parecen muy preocupadas.

– ¿Estás bien, Tania? – Laurah se agacha y me acaricia la cara. Cuando lo hace, no puedo evitar recordar lo que vi en sus sueños. De un manotazo le aparto su mano y reculo.

– Yo… no… – salgo del círculo con pequeños brincos nerviosos.

– ¿Qué ocurre?

– ¡Dejadme sola! ¡No me miréis! – me agarro el pelo como si se me fuera a soltar de la cabeza. Noah se separa del resto y me sujeta.

– ¡Tania, por favor! ¡Dinos qué te pasa! -alzo la vista para mirarle a los ojos, pero no la veo a ella, sino a quien va a ser en el futuro. En lugar de su carácter repleto de confianza encuentro un rostro muerto.

-Noah, vas a morir tumbada en una cama.

A Laurah se le escapa un grito y se lleva las manos a la boca.

– ¿Qué? – me pregunta Noah con un gesto descompuesto.

– Y tú, Laurah, no serás ninguna actriz famosa. Acabarás bailando por dinero en un local cutre de striptease, preñada por un gordo asqueroso que te violó en un callejón.

Noah se aparta de mí y se reúne con el resto.

– ¡Lo siento! – grito con toda mi fuerza -. ¡Eso es lo que me ha pasado esta noche, por eso temblaba! He visto vuestros sueños y vuestro futuro en ellos!

– Oye, no nos asustes. Eso no ha sido más que una pesadilla idiota.

– ¡No! – me levanto de un salto –. ¡Era auténtico, sé distinguir un sueño de la realidad! ¡No estoy loca!

Laurah está temblando.

– ¿Qué has visto acerca de mí?

– Primero – trago saliva – te vi en un teatro, siendo aplaudida por una multitud y acompañada de un… .

Samantha me interrumpe y me pregunta qué va a ser de ella. Respiro profundamente y le confieso lo que vi, que va a morir en un incendio en este mismo orfanato.

Colérica, carga contra mí, me derriba y me tira del pelo con una mano mientras con la otra me araña.

– ¡Eres una mentirosa! -protesta-. ¡Mentirosa!

Noah nos separa. Recoge entre sus brazos a Samantha y me mira, muy seria.

– Vete – me dice. Nunca la había visto así.

– Pero…

– Largo de aquí.

Un escalofrío me recorre el cuerpo de hito en hito. Hago un gran esfuerzo por no desmoronarme y romper a llorar de nuevo. Giro sobre mí misma para marcharme pero choco de morros contra el robusto pecho de la señora Espina.

– Lo he oído todo – me dice muy seria.

– Yo… – consigue que me calle cruzándome la cara con una bofetada.

– Silencio – me coge de la oreja y me arrastra hasta la celda de castigo.

El día muere y oscurece otra vez. Cuando estás encerrada el tiempo transcurre muy despacio, como una botella que se vacía gota a gota. No puedo evitar revivir mentalmente el trágico futuro de mis amigas, de una forma tan vívida e intensa que mi cuerpo se queda sin fuerzas para hacer nada más. Es como en esa escena de La Naranja Mecánica en la que al protagonista lo maniatan y le obligan a ver un montón de escenas sobrecogedoras.

Recluida en mi propia mente, llega la noche de nuevo.

No he escuchado la puerta abrirse , pero la señora Espada está de pie ante mí.

– Acompáñame – me pide. Pirata aparece de la nada maullando y la sigue.

Por un segundo, dudo de si tendré la energía suficiente para incorporarme, pero lo logro. Caminamos en silencio hasta la salida, hasta la misma carretera por la que corrí pensando que huiría para siempre de aquí. Hace frío. Allí nos espera la señora Daga. En sus manos sujeta una cesta de paja gruesa entrelazada. Se la entrega a la maestra de cuidadoras y se marcha.

– Tania, ¿te he contado alguna vez cómo llegaste a este orfanato?

Salgo de mi ensimismamiento.

– ¿Quiere decir que no nací aquí?

La señora Espada masca mi pregunta entre sus finos labios.

– No – responde al fin -. Ninguna habéis nacido aquí. Éste es un lugar al que acuden las niñas perdidas, no donde nacen – me acerca la cesta y me doy cuenta que en realidad es un capazo para llevar un bebé -. Por favor, mira dentro, pequeña mía.

Obedezco. Retiro las mantas del interior y encuentro una diadema roja de plástico y un libro del mismo color, grueso y gastado. En su portada tiene dibujada una elipse afilada en los extremos de su eje mayor con un círculo negro en el centro. Es un ojo.

Acaricio la diadema, es preciosa. Por alguna extraña razón siento que me pertenece. La cojo y me la pongo en el pelo. Es muy cómoda y encaja a la perfección en mi melena negra. A continuación extiendo mis manos y recojo el tomo.

– El Libro Del Sueño Roto – las palabras salen de mi boca con total naturalidad, como si la madera de la portada me hubiera confesado su nombre al tocarlo con mis dedos.

La Señora Espada rumia lo que he dicho mientras su gato ronronea, mimando su pierna con un roce de su cuerpo.

– Eres tú. Esto lo demuestra. Los clanes tenían razón.

– ¿Qué quiere decir con “tú”?

– Escúchame bien, Tania, porque ésta es la historia de cómo apareciste en nuestras vidas. ¿Estás lista?

– Sí. Cuéntemelo todo.

La señora Espada mira a las estrellas y por un segundo me aparece adivinar sus glóbulos oculares entre sus gruesos y carnosos párpados.

– Era una noche como ésta, fría y con muchas estrellas. Era tarde ya. Salí del orfanato para cerrar la puerta de la cancela y entonces apareció él.

>> Era un hombre joven, con la expresión más triste que vi jamás. Llevaba unas ropas parecidas a las nuestras, un hábito blanco de cuello alto con las mangas rojas. Estaba agotado y aunque no tenía heridas en su cuerpo parecía estar a punto de morir.

>>Se acercó a mí y me entregó este mismo capazo. Dentro estabas tú, este libro y esta diadema. “Protégela”, me suplicó . “Protégela hasta que sea imposible hacerlo más y entonces déjala ir, porque será imposible que le retengas aquí. Cuando eso suceda, entrégale este libro y esta diadema; pero hasta entonces, cuidala. Por favor”.

>>Me quedé contigo y le dije que así lo haría porque es nuestro trabajo, el motivo por el que existe este lugar. Cuando tuve la cesta entre mis manos él todavía la sujetaba. Su expresión triste se agrió aún más cuando se separó por fin de ella. Sin duda, no le resultó fácil desprenderse de ti.

>> Se dio media vuelta con la intención de marcharse. Quise despedirme o darle alguna garantía de que no te ocurriría nada, pero me quedé sin habla al ver como flotaba su larga melena blanca por su espalda, parecía tener vida propia. Más que pelo, parecían las alas de un ángel.

>>Antes de marcharse, le pregunté tu nombre. “Se llama Tania LaNoche”, me dijo. Cuando escuché aquello, comprendí la importancia de la situación.

– ¿A qué se refiere?

– Tania, los nombres son muy importantes. Definen quién eres y lo que eres, son poderosos. Son mapas capaces de guiar a los extraños hasta tu corazón. Lo sabemos porque nosotras los estudiamos, y el tuyo lo es .

– ¿Tania es un nombre poderoso? A mí me parece uno muy común.

– No exactamente el nombre en sí, sino lo que significa que ese sea el tuyo. Las cincos letras que lo forman no son nada, solo letras; y tampoco es nada la unión de todas ellas. Pero el tono en el que se pronuncia, quien lo conoce y quien no, el cariño de la madre que decidió dártelo, el padre que te lo concedió; todo eso hace de los nombres algo sumamente mágico. Fíjate lo hechizante que es que conozcas el nombre de alguien y lo llames en plena calle. Conseguirás que se pare, te mire y tengas toda su atención. Es una manera de dominarle, ¿no te parece?

La miro sin comprender nada de lo que dice.

– Perdona, no hagas caso a esta anciana chocha. Para comprender lo que te digo tendrías que ordenarte con nosotras y quizás en unos treinta años lo entenderías. Sólo quédate con la idea de que los nombres son importantes, contienen la energía necesaria para que alguien se pueda sentir como en casa, como con un amigo.

– No entiendo nada – arrugo el gesto.

– No te preocupes, no necesitas entenderlo, solo recordarlo. – Pirata se apoya sobre su pierna hasta erguirse, maúlla y Espada le acaricia la oreja -. Ahora tendrás que marcharte de este orfanato y enfrentarte a tu destino; pero siempre recuerda quién eres, que eres una persona valiosa para este mundo – se acerca a mí y apoya su anciana mano sobre mi hombro -. Y si puedes, de vez en cuando, piensa en esta pobre vieja que intentó cuidarte lo mejor que pudo – me sonríe como solo ella sabe.

Abrazo El Libro del Sueño Roto.

– ¿Podré volver aquí algún día? – saber que mi marcha está tan cerca me hace echar de menos este lugar. Qué ironía.

– No, Tania. Éste es un hogar para niñas que están perdidas. Tú ya no lo estás, tu camino te acaba de ser revelado, lo que significa que este refugio desaparecerá para ti. Ahora vete.

– ¿Cómo? ¿Así de repente? ¿No puedo llevarme algo de ropa?

La señora Espada no responde. Se gira sobre sí misma, abre la pequeña puerta de la verja, se despide con una mueca y la cierra. Al hacerlo, el orfanato Segunda Infancia desaparece sin más, como una pompa de jabón que se pincha y se deshace.

– ¡Samantha! – grito – ¡Noah! – una sensación de agobio me invade -. ¡Buenavista!

– ¡Hola, Tania! – escucho una voz risueña voz a mi espalda. Me giro.

– Buenavista, ¡eres tú!

– Claro que soy yo – se ajusta sus enormes gafas mientras que con la otra mano sujeta una linterna con la que me alumbra –. Y bien, ¿nos vamos?

Sonrío de oreja a oreja, nunca me he alegrado tanto de ver a alguien.

– ¿¡Pero cómo vas a venir conmigo!? No sé ni a dónde voy. La Señora Espada me acaba de decir que ya no estoy perdida, pero…

– ¿Y qué más da todo eso? Yo me quiero ir contigo.

– ¿Por qué? Si apenas nos conocemos.

Buenavista se rasca la nuca.

– Tania, yo apenas conozco a nadie, de hecho, tú eres la primera amiga que he tenido. Además, lo que ha sucedido en La Montaña del Cuerno Roto me ha parecido increíble. ¿Es cierto que has visto el futuro de todas en tus sueños?

– Sí, lo hice. Sé que parece una locura, pero así fue.

– ¿Una locura? ¡Pero si es algo sensacional! Ojala yo también pudiera hacerlo, me das hasta envidia. Esas amigas tuyas son unas tontas si no son capaces de apreciar ese don que tienes.

– Lo apreciaron tirándome del pelo – me atuso el flequillo –. Aún me duele.

– Ahora que lo dices, ¿pudiste ver el mío, lo que me va a suceder de mayor?

Es cierto, no pude ver el futuro de Buenavista. Curioso.

– No lo vi, qué raro, ¿por qué no pude ver el tuyo?

Buenavista camina hacia mí.

– Ya lo descubriremos – se le colorean las mejillas, está nerviosa -. Déjame ir contigo. No me abandones aquí sola, deja que sea tu Robin.

Se me escapa una carcajada.

– ¿Cómo que tu “Robin”?

– ¡Claro, joba! ¿No ves que eres una superheroína con superpoderes? – agita los brazos en el aire mientras da pequeños saltitos – ¡Nos esperan grandes aventuras, juntas! Tú serás Batman y yo seré Robin, en versión chicas, claro – Su optimismo tan contagioso hace que se me olvide que no tengo ni idea de a dónde ir o qué hacer – ¿Y sabes por qué sé que mi destino es irme contigo?

– ¿Por qué?

Para de saltar y señala con un dedo a donde debería estar el orfanato.

– El orfanato desaparece de la vista de uno cuando ha encontrado su camino, ¿verdad?

– Sí, eso ha dicho la Señora Espada.

– Sí, yo también lo acabo de oír. Pues justo cuando tú dejaste de ver el orfanato yo tampoco pude verlo más.

Nos miramos como dos tontas, con una mirada similar a la que pone la chica cuando encuentra a su media naranja en una película romántica.

– Entonces no hay nada que pueda decir. Si has encontrado tu destino conmigo, tendré que aceptarlo. ¡Pero luego no quiero quejas!

Da un salto enorme con los brazos extendidos al grito de “¡bien!”

– Y ahora, ¿a dónde vamos?

De pronto, El Libro del Sueño Roto se agita entre mis brazos con tanta fuerza que tengo que soltarlo, y cae al suelo. Se abre de par de par. Una de sus hojas se arruga, se rompe, da un brinco y se queda flotando a pocos metros del suelo. En el aire, se dobla por el medio hasta tomar la forma de una mariposa teñida de color azul. Se trata de la de mis sueños, es la misma.

Buenavista corre hacia mí, asustada.

– ¿Éste es uno de tus poderes? – me pregunta con un hilo de voz.

– No, esto no sé lo que es.

Brilla como si fuera una bombilla de un árbol de navidad, acelera y revolotea a nuestro alrededor. Se alza por los cielos hasta que dejamos de verla, y vuelve a nuestro encuentro. Juguetona, sale disparada siguiendo la trazada de la carretera.

– ¡Vamos, corre! – recojo el libro, tomo a Buenavista por la muñeca y la perseguimos.

– ¿Pero no decías que no sabías lo que era?

Al poco dejamos de hacernos preguntas, sólo corremos y reímos. Tras unos minutos, el trozo de papel hace un quiebro y abandona el asfalto. La seguimos dando grandes zancadas empapándonos las zapatillas con la hierba mojada. Al final llegamos a la entrada de una cueva.

– ¿Tenemos que entrar ahí? – a Buenavista le cuesta respirar tras la carrera. Ninguna de las dos somos grandes deportistas.

La mariposa se encarga de responderle introduciéndose ella misma en su interior. Tomamos aire y la seguimos, rezando para que no se trate de la madriguera de algún bicho enorme.

No es demasiado profunda. Cuando llega al fondo, da vueltas en círculos en torno a un colchón de flores y hojas. Parece cómodo, perfecto para pasar la noche.

– Creo que quiere que durmamos aquí.

En cuanto lo digo, la mariposa de papel deja de brillar, se desdobla, vuelve a adoptar el aspecto de un folio y se cuela en El Libro del Sueño Roto. Lo abro buscándola, pero no encuentro ninguna página rota, ni siquiera arrugada.

Buenavista se tumba sobre el manto verde.

– ¡Qué bien! – me dice –. La tierra no está húmeda. Parece una cama.

– Y ni siquiera hace frío aquí dentro.

Se acomoda y se queda dormida al instante. Imagino que han sido demasiadas emociones para ella en un solo día.

Me siento un tanto desilusionada, en esta cueva no hay absolutamente nada. Me tumbo con el libro entre las manos y vuelvo a abrirlo. Ha de contener alguna respuesta. Paso las yemas de mis dedos por una de sus páginas centrales y pruebo a formularle una pregunta:

– ¿Quién soy en realidad? – espero un rato y no sucede nada. Decido intentarlo de nuevo – ¿Cómo es que puedo ver el futuro en los sueños de la gente? Esos futuros ¿son realmente sus futuros? – tampoco obtengo respuesta.

Paso las páginas una a una. Todas están en blanco. Examino el ojo de la portada roja, ahí tampoco hay nada. Vuelvo a abrirlo.

– ¿A dónde nos llevas? ¿Sólo a esta cueva? – de nuevo, nada.

Arrojo el libro contra las paredes de la cueva y suelto un soplido.

– ¡A dónde demonios nos quieres llevar! – le grito.

Tal como sucedió cuando apareció la mariposa, el tomo vibra y se abre de par en par. Me abalanzo sobre él. En las páginas aparecen palabras escritas, como si el papel sudara tinta y ésta compusiera una frase: “A donde todo empezó y todo tiene que acabar. Te llevo a La Escuela Naranja”.

Boquiabierta, le hago otra pregunta:

– ¿Donde todo…? ¿Qué hay en esa escuela? – no obtengo respuesta, parece que solo responde a lo que le viene en gana -. ¿Cómo llegamos allí? – de entre las fibras aparece una “D”, luego una “u”, hasta que puedo leer “Duerme”.

Insatisfecha, le hago otro centenar de ellas: “¿Quién es el hombre que me dejó en el orfanato?”,”¿Cómo es que pudo desaparecer el edificio ante mis ojos?”… pero “duerme” sigue siendo lo único que me deja leer.

Frustrada, le digo al libro que no pienso irme a dormir hasta que no me diga algo. Le pido que me revele más detalles de esa Escuela Naranja a cambio de no preguntarle nada más. Sigue sin hacerme caso. Agotada, miro a Buenavista dormir plácidamente. “Duerme”, vuelvo a leer. Y me duermo.

– Eh, niñas. Despertad – una mano grande me agita el hombro.

Recupero la consciencia. No tardo demasiado en darme cuenta de que ya no estamos en la cueva. Por un segundo pienso que estoy soñando pero el hombre vuelve a menearme y el desconcierto se transforma en enfado.

– Oye, ¡déjame en paz! – le aparto de mí, pero quizás no he debido hacerlo. Es un policía y estamos en un aeropuerto, en Heathrow según reza un enorme letrero.

Buenavista se despierta, se agita el pelo como peinándoselo y me pregunta aún con la boca pastosa: “¿podemos desayunar ya?”

El gendarme sacude la cabeza con resignación.

– ¿Qué edad tenéis?

– Dieciséis – le respondo.

– ¿Y están por aquí vuestros padres?

– Viajamos solas.

Nos mira de arriba a abajo.

– ¿Sois de Londres? Por vuestro acento dudo mucho que seáis de por aquí.

– Somos de Newcastle – acierta a decir Buenavista.

– Allí tenéis vuestro propio aeropuerto, ¿qué asuntos os traen hasta aquí solas?

Las dos nos quedamos calladas. Sinceramente, no sabemos qué responder.

– Dejadme ver vuestros pasaportes – nos muestra la palma de su mano con cara de pocos amigos.

Hago el vago gesto de rebuscar entre mis bolsillos. El policía coge un walkie-talkie y llama a un compañero: “John, he encontrado a dos niñas en el aeropuerto. No llevan maletas y creo que tampoco están identificadas”. Buenavista se pone nerviosa y decide imitarme, consiguiendo tirar de un codazo El Libro del Sueño Roto al suelo. Al caer, de entre sus páginas se desprenden unos papeles seriegrafiados.

El policía se agacha a recogerlos y los examina.

– Señorita LaNoche y señorita Eurtiston, menudos apellidos, ¿son franceses? Si teníais los pasaportes y los billetes dentro de ese libro podríais haberlo dicho desde un buen principio – nos los devuelve -. Y yo que pensaba que erais unas pordioseras al ver vuestros chándales roídos por las rodillas– guarda el walkie -. Os pido perdón.

Se marcha. Le doy a Buenavista su pasaporte y examino el mío. Todo ha salido del interior del libro; así que no solo puede crear sencillas figuras de papel, también documentos oficiales plastificados y billetes de avión.

Sonrío con picardía. Miro al libro y le susurro una interesada pregunta a su portada: “¿y cómo vamos a poder mantenernos sin trabajar?”. Desde el interior se escucha cómo una página se rasga y tres billetes de cincuenta libras asoman sus puntas.

– Buenavista – le digo agitándolos ante los cristales de sus gafas –, ¿te apetece un café, tostadas y ropa nueva? Invito yo.

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