Leer La Niña que Come Pesadillas pág.2 | Novela juvenil fantástica

Leer La Niña que Come Pesadillas pág.2

Indefensa e impotente, acabo hablando sola.

– Por favor – murmuro con un sollozo y repito lo que tantas otras veces he pedido -, que alguien me ayude a salir de aquí – me aprieto hasta hacerme un ovillo y me quedo dormida tal cual, llorando sin saber qué más hacer.

Me despierta el sol de la mañana, pero no es capaz de hacer lo mismo con mis ánimos.

– Me han arrebatado mi triunfo, ¿pero cómo? El orfanato Segunda Infancia tiene muros que no comprendo y que jamás conseguiré superar. Ahora lo sé.

La señora Espina abre la puerta y me mira sin decir una palabra. Yo me giro hacia ella sin levantarme.

– Vamos, Tania. Es la hora de desayunar.

– No tengo hambre – hundo mi rostro entre las piernas.

– Tienes que comer.

– ¡No quiero comer! – le repito. Ella se enfurece y me levanta del suelo por el brazo.

– ¡Si te digo que vengas, tú te vienes!

A empujones, llego hasta el comedor. Me sienta entre Noah y Laurah y enfrente a un plato de huevos revueltos con salchichas, alubias y zumo de naranja para beber.

– ¿Qué te pasa, Tania? Pareces deprimida. Y tienes los ojos rojísimos, ¿estás bien?

– No lo he conseguido.

– ¿No has usado el martillo que te di? –me pregunta Noah.

– Sí, pero… No sé. Algo sucedió anoche, no lo recuerdo muy bien. Creo que conseguí escapar, retirar los barrotes y largarme; aunque ahora no tengo claro si todo eso fue un sueño o qué.

– Te habrás quedado dormida sin darte cuenta – apostilla Laurah –. Es normal, llevas unos horarios muy raros. ¡Si hasta tienes la piel pálida de no descansar bien!

– Quizás, aunque siempre he sido pálida como la luna – resignada, me como el desayuno. Tras el primer bocado descubro que estoy famélica -. Además, nunca he necesitado dormir más de cinco horas para estar fresca como una lechuga, soy casi insomne.

– ¿Insomne? ¡Pues qué suerte! – replica Laurah -. Yo a veces pienso que me harían falta diez para descansar bien.

Noah me pasa el brazo por el hombro y me da un beso en la mejilla.

– Anímate, Tania – me dice con una sonrisa -. Sé que no es lo mismo que huir pero esta noche nos fugaremos para acampar en La Montaña Del Cuerno Roto, ya verás qué bien nos lo pasamos.

– Gracias Noah – le respondo apoyando mi cabeza sobre su hombro.

Tras las clases, al salir al patio, me quedo de pie mirando al camino por el que ayer creí correr hacia mi libertad, como si hacerlo me ofreciera alguna respuesta que no llega. Pienso también en esa mariposa azul que me visita en sueños, sin saber qué es lo que quiere decirme con sus apariciones.

Otro día pasa y llega la noche. Todas están muy animadas con lo de la excursión furtiva. Yo simplemente estoy rara. Vamos a nuestros cuartos y nos metemos en la cama con la ropa puesta.

Al llegar las doce, Noah se levanta y da dos toques muy suaves en la pared con los nudillos. Al cabo de un rato, Tamarah entra con dos sacos que contienen sendas tiendas de campaña. Samantha anda de puntillas por el pasillo igual de cargada. Nos unimos a ellas y llegamos al recibidor. Reina el silencio, todas las cuidadoras están dormidas y la única que guarda la puerta, La Señora Daga, también descansa plácidamente sobre una silla.

Noah le quita la llave del bolsillo de su túnica sin mayores dificultades, abre la puerta y nos guía hacia el exterior entre cuchilleos y sonrisitas. A medio camino de la montaña, me giro hacia el orfanato descubriendo a la señora Espada contemplando nuestra huida desde una ventana. No está enfadada, su rostro más bien refleja resignación. No intenta detenernos, quizás sólo quiera darme un poco de cancha tras la conversación de ayer.

Llegamos a La Montaña Del Cuerno Roto. La llamamos así porque tiene una ladera muy empinada con una cima totalmente llana, como un cuerno partido en su punta. Allí se encuentra un árbol totalmente seco con cuatro ramas arrugadas y grises. Lo hemos comprobado. Una rama apunta exactamente al norte, otra al sur,otra al este y la última al oeste. Por eso lo hemos bautizado como El Árbol De Los Cuatro Puntos Cardinales

A su lado, reunimos un puñado de palos secos y los rodeamos con piedras. Samantha enciende una cerilla y con ella prende un papel para hacer la hoguera. Noah da un brinco al ver el fuego.

– ¿Estás bien, Noah? – le pregunto.

– Sí – me responde no muy convencida -, es solo que me han sorprendido las llamas. Estaba pensando en otra cosa.

Al final nos sentamos haciendo un corrillo. Laurah saca una botella de su mochila llena de cachivaches, hasta tiene una sartén para hacer mañana el desayuno.

– ¡Chicas! Mirad lo que he robado de la cocina, es ginebra ¿Queréis probar?

– ¡Te la vas a cargar! – le grita Teresah.

– Venga, déjame a mí– Natasha la coge y le da un largo trago que escupe al instante -, ¡esto está muy fuerte y sabe fatal! – todas nos reímos.

El cielo está lleno de estrellas, y mientras comemos patatas, embutidos y un poco de pan, nos contamos de todo. De repente, Noah reclama nuestra atención; nos sorprende porque ha estado callada desde que nos colocamos en torno al fuego. Inclina su cuerpo y nos recorre con la mirada sin decir nada, como un profesor tratando de averiguar qué alumno le ha tirado una pelota de papel a la nuca. Cuando llega a la última, compone una sonrisa cómplice y nos pregunta: “chicas, ¿qué queréis ser cuando seáis mayores?”

– ¡Yo quiero ser actriz y casarme con un actor muy guapo! – Laurah es la primera en responder, como si ya lo tuviera pensado de antemano.

– Yo seré astronauta – dice Natasha muy animada -. Quiero ver el mundo desde lo alto.

– Pues yo me quedaré aquí con las cuidadoras, ayudaré a todas las niñas sin hogar que lleguen al orfanato – lo que dice Samantha nos hace reír. Ninguna se puede creer que alguien quiera permanecer aquí para siempre -. ¿Y tú qué, Noah?

– Haré algo muy importante – responde muy seria -. Convertiré este mundo en un lugar mejor.

– Típico de ti, Noah. ¿Serás médico, entonces, y curarás muchas enfermedades o algo así?

– Algo así –repite -. Ahora dinos, Tania – adelanta de nuevo su cuerpo, esta vez hacia mí -. ¿Tú qué quieres ser cuando crezcas?

Me quedo en blanco.

– ¿Arquitecta, escritora? – insiste Tamarah

– ¿Periodista, ilustradora, diseñadora web, publicista?

– Yo… No lo sé. De verdad que no. – He pasado tanto tiempo pensando que quería escaparme que nunca me he parado a pensar en qué quería convertirme cuando acabara de ver el mundo entero -. No tengo ni idea, en serio.

– ¡No me lo puedo creer! ¿Nunca has soñado con tu futuro?

– Si os digo la verdad solo he soñado con huir de aquí. Nada más.

– ¿Y luego qué? En serio, deberías pensarlo, podrías ayudarme a mí. – Noah parece especialmente interesada, hasta tal punto que consigue que me pregunte si sería un buen médico.

La hoguera se apaga de pronto. Empieza a llover. Nos refugiarnos cada una en nuestras tiendas, dándonos las buenas noches entre chillidos. Se avecina tormenta.

Me encierro en la mía bajando a toda prisa la cremallera. Enciendo un candil que cuelga del fino pilar central y me sorprendo al encontrarme con una niña que no conozco de nada a mi lado. Tiene puestas unas gafas enormes, tanto que no soy capaz de distinguir sus ojos a través del cristal. Su pelo es corto, muy revuelto y de color castaño, su mentón es fino y sus pómulos muy marcados, como si llevara meses sin comer.

– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

– Me llaman – dice tímidamente – Buenavista.

– ¿Buenavista? ¿Y vives en el orfanato? Nunca te había visto.

– He llegado hace dos días. He intentado saludaros y conoceros, pero me daba mucha vergüenza, y además me oriento fatal. Hoy he conseguido reunir el valor suficiente y os he seguido hasta aquí. Pero cuando quise sentarme a vuestro lado me ha entrado el miedo, así que me he escondido en esta tienda.

– ¿Espera? ¿Hace dos días?

– Sí.

– ¿Y te gusta el dulce? – le pregunto arqueando una ceja

– Sí , mucho. Muchísimo – se sonroja.

– ¡Tú has robado la tarta!

– ¡Es que tenía mucha hambre! Siento que te castigaran por eso ¡Pero me daba mucho palo aparecer en vuestra fiesta de repente y mendigar comida!

– ¿Y también le has robado el alisador a La Señora Espina?

– Sí … – agarra el saco de dormir y lo abraza – es que quería arreglarme el pelo antes de presentarme, pero ya ves – se agita su corta melena -, mi pelo es y siempre será un matojo horrible. Qué envidia me da el tuyo, siempre lo he querido tener así.

Suspiro sonriendo.

– No pasa nada – tomo sus manos –, yo me llamo Tania, encantada. Y no te preocupes, cuando escampe te las presentaré a todas. Ya verás cómo les caes muy bien y no les importará lo de tu pelo.

Buenavista sonríe de oreja a oreja. Me abraza y me da las gracias un millón de veces.

– ¡Muchísimas gracias, eres supermaja, Tania! ¡Gracias! – me suelta -. Me cuesta un montón hacer amigas, me acabas de quitar un gran peso de encima.

– ¿Es porque – intento preguntárselo de la manera más delicada – te ponen motes como el de “Buenavista”, por tus gafas?

– No, con eso no tengo ningún problema, de hecho el mote de Buenavista me encanta.

– ¿De verdad?

– ¡Buenavista es una artista! – al escucharse a sí misma se pone colorada como un tomate –. Perdona, cuando me pongo nerviosa digo chorradas.

Me río a mandíbula batiente. Está un poco loca, pero me cae bien.

– No te preocupes, Buenavista, puedes decir todas las tonterías que quieras.

– ¡Gra…!

– ¡Y no me des más veces las gracias! – la interrumpo acariciándole el hombro.

– ¿No estás cansada? Yo estoy hecha polvo de estar tan nerviosa todo el día.

– Yo también estoy un poco cansada, la verdad. Últimamente tengo unos sueños muy raros que no me dejan descansar bien.

Nos introducimos en nuestros respectivos sacos como si fuéramos larvas de mariposa y nos tapamos bien. La humedad de la lluvia se nos mete entre los huesos, un frío que por mucho que te cubras no te acabas de quitar de encima. Buenavista me echa por encima un gordo edredón que se trajo con ella y yo me acerco a su lado para que podamos compartirlo. Nos reímos, aunque apenas se escuchan nuestras carcajadas. Las gotas que llegan del cielo hacen tanto ruido al caer que no se oye nada más.

– Me encanta la lluvia – me dice Buenavista.

– ¿Y eso? – le pregunto.

– Me encanta tumbarme sola y leer calentita en casa mientras el mundo se derrumba a mi alrededor. Tengo ganas de tener un gato para acariciarlo mientras lo hago.

– Eso es bonito; raro, pero bonito -nos reímos-. A mí también me gusta aunque no soy una gran lectora, prefiero escuchar música y ver pelis. Tenemos una sala de vídeo y el chico que hace el reparto de la comida a veces me trae cintas nuevas. Cuando me vaya de este orfanato quiero jugar a videojuegos, las señoras no nos dejan tener consolas.

– Pues a mí me encanta leer cualquier libro, y también revistas. Sobre todo si van de sucesos paranormales, fantasmas, ovnis y cosas así.

– ¿En serio?.

Buenavista tartamudea.

– ¿Te parezco muy rara? Me encanta todo lo relacionado con el ocultismo y cosas misteriosas sin resolver.

– No, qué va. Es sólo que no había conocido a nadie que le gustaran esos temas.

– Pues sí – sigue más animada -. Cuando tenga mi propia casa voy a hacer una colección enorme. Me voy a construir una biblioteca gigantesca con una de esas escaleras que recorren las estanterías de lado a lado y te dejan llegar a las estanterías más altas.

– ¿Y me la dejarás usar?

– Claro. ¡Ya verás cómo también te gusta, y para ti pondré también una sección con películas! – Al acabar la frase, bosteza con su boquita de piñón.

– ¿Dormimos ya?

– Claro – apago la luz y nos quedamos a oscuras. No tardamos mucho en caer rendidas.

Me despierto en mitad de la noche. Buenavista ronca como un viejo marinero, pero los ruidos que salen de su garganta no son nada en comparación con el estruendo de afuera. Ya no solo llueve, sino que truena y relampaguea como si el cielo estuviera enfadado por algo.

La tienda se balancea y se agita. Por puro instinto llevo las manos a la barra central y me agarro a ella como un náufrago a un trozo de balsa. Las piquetas que la mantienen fija a la tierra deben de haberse soltado. Sujeto los extremos de la lona pero es inútil, está a punto de venirse abajo. Pienso en despertar a Buenavista pero quiero intentar salvar la tienda por mí misma, sé que puedo hacerlo y también que ella está agotada. Tomo aire y descorro la cremallera.

Una racha de aire helado y mojado me golpea en la cara como un látigo de mil colas. Las gotas de lluvia se agitan por el cielo como manotazos. Me azotan la piel y el rostro hasta hacerme imposible abrir del todo los ojos. Miro a mi alrededor. Es sorprendente que yo haya sido la única en despertarse. Ninguna tiene la luz encendida ni ha salido al exterior.

TE ENCONTRÉ”

Una voz fuerte y cavernosa rebota en las montañas y aterriza como una flecha envenenada contra mis oídos. Tan potente es que suena incluso por encima de la agitada tormenta.

Más allá de las nubes negras y de la lluvia, una luna redonda, roja y enorme, se alza; y que eso ocurra es imposible, ayer remató el ciclo de la luna llena.

Como si se tratara del telón de un teatro, la tormenta se recoge a los lados y nos deja a solas a mí y al satélite sangriento.

TE ENCONTRÉ”

Repite la voz, y entonces me doy cuenta de que la luna roja no está sola. A su lado hay otra, como si el cielo tuviera dos enormes ojos rojos y estos me estuvieran mirando.

– ¿Quién o qué eres? – le pregunto totalmente inmóvil, como un ratón seducido por la mirada de una cobra.

TE ENCONTRÉ. POR FIN ENCONTRÉ UNA FISURA PARA ENTRAR.

Una fuerza me arrebata el aire del pecho y me empuja contra el suelo. Tengo muchísimo frío, tanto que dejo de sentir las extremidades de mi cuerpo. Intento llamar a Buenavista pero no me sale la voz, y ella sigue durmiendo como si tal cosa. No puedo ni mover los labios, ni un músculo. De repente todo se calla, el mundo enmudece. No escucho la lluvia, ni ninguna voz monstruosa, ni mis pulmones luchando por seguir respirando. Tampoco soy capaz de ver nada, todo está negro, como si estuviera mirando a la pantalla apagada de un televisor.

El silencio se rompe con un ovación. No tiene el más mínimo sentido pero es así: escucho a una multitud aplaudiendo y jaleando a algo o a alguien. La televisión desenchufada que es mi consciencia se enciende, proyectando en mi mente una imagen compuesta por un público que celebra una buena actuación.

Ahora puedo ver que toda esa gente es público en un teatro. El telón se alza tras haberse bajado previamente. Aparece ante todos la estrella de la representación. Es Laurah, pero con unos diez años más. A su lado, un hombre guapísimo la toma de la mano y ambos se inclinan. El público enloquece y grita con júbilo sus nombres hasta perder la voz. Mi amiga parece la mujer más feliz del mundo.

“Éste es su sueño. Estoy viendo su sueño”, pienso. “Sentada en la hoguera, ella nos dijo que quería ser actriz y triunfar.”

Pero como si alguien cambiara de canal, la escena muta drásticamente. Sigo viendo a Laurah, pero en otra situación muy diferente. Está en el camerino de un club, lleva muy poca ropa y el cuerpo cubierto de purpurina. No tiene catorce años, tiene más de treinta. De repente, entra en la habitación un señor que la agarra del brazo y le grita algo a la cara. Laurah está llorando y se frota el vientre, como queriéndole dar a entender algo. El hombre le responde abofeteándole el rostro. “Me da igual que estés embarazada, tienes que salir a bailar en tres minutos”.

Intento colarme en la escena y defender a mi amiga, pero no puedo, sería como pretender entrar en la pantalla de una televisión. La imagen se descompone y desaparece, como un puzzle al que se le revuelven las piezas que le dan forma. Rápidamente se forma otra. En esta ocasión se trata de Natasha. Primero la veo subida a una nave espacial pero, tal como sucedió con el sueño de Laurah, la instantánea se rompe para dejarme ver otra más cruel, la que sucederá en realidad. Yo lo sé, no sé cómo, pero lo sé, sé que estoy adivinando su futuro leyendo en sus sueños. Una lágrima se escapa a través de mis mejillas al descubrir que no va a acabar siendo astronauta como ella desea. No podrá con lo que va a ocurrirle.

Uno tras otro, descubro el futuro de mis once amigas. Primero veo lo que ellas anhelan, sus sueños, pero estos se deshilachan y me revelan la realidad: destinos trágicos que nada tienen que ver con lo que ellas quieren para sí mismas.

“Estoy leyendo sus futuros auténticos en sus sueños”, me digo sin ser capaz de creerme mis propias palabras. “Estoy leyendo a través de ellos y… ¿cómo es posible? ¿Qué está pasando?”. Los ojos se me llenan de lágrimas hasta el punto de no ser capaz de ver nada. Porque el dolor que ellas me descubren lo padezco también yo.

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