Leer La Niña que Come Pesadillas pág.1 | Literatura de Ciencia Ficción

Leer La Niña que Come Pesadillas pág.1

LA NIÑA QUE COME PESADILLAS

Capítulo 01| Las niñas perdidas

Castigada otra vez. Típico. La Señora Espina ni se molesta en averiguar quién es la verdadera culpable; total, ya me tiene a mí de cabeza de turco para todo.

Como siguiendo los pasos de un baile que las dos nos sabemos de memoria, clava en mí sus ojos de lagarto, yo agacho la cara, ella señala las escaleras que bajan hasta el cuarto de castigo, yo protesto, ella arruga su fea cara y grita mi nombre:

– ¡Tania LaNoche! ¡Ya estás moviendo tu culo huesudo hasta el sótano, y por tu bien espero que ahí medites sobre lo que has hecho!

Pero el caso es que esta vez echarme a mí la bronca está totalmente injustificado, más que de costumbre. Ha desaparecido una tarta de merengue y fresas que estaba reservada para La Fiesta De La Normalidad de esta noche, y yo odio el dulce. Todas lo saben, hasta las cuidadoras lo saben. Si tengo antojo de comer chocolate escojo el más negro, ¿el café? Siempre sin una grano de azúcar, y si hablamos de golosinas solo soy capaz de tragarme las de pica-pica.

Ella debería saberlo; no en vano llevamos dieciséis años conviviendo en este asqueroso y frío orfanato. Sin embargo, nada de eso le importa a La Señora Espina. La sabueso de olfato inútil ya ha escogido a su presa, y soy yo. Siempre soy yo.

Miro a mi alrededor enfurruñada, a mis once compañeras, a mis once hermanas. La única familia que tengo me ha traicionado, al menos una de ellas. ¿Cómo tiene el valor de mirarme a la cara quien sea que se haya comido la tarta? Repaso sus labios y sus camisones en busca de marcas culpables de sirope, pero no encuentro nada. Juro venganza en silencio.

La Señora Espina adelanta su enorme cuerpo haciendo ondear la túnica negra que le cubre desde la cabeza hasta los pies, me agarra por el brazo y me arrastra como si fuera un saco de patatas. Yo sigo maldiciendo en silencio a Noah, a Samantha, a Laurah y a todas las demás.

– ¡Te has intentado escapar más veces que cuentas tiene un rosario! ¡Te escaqueas de las clases! ¡Rehúsas aceptar cualquiera de nuestras normas! ¡Te saltas a la torera las horas de oración! – toma aire -. ¡Eres la vergüenza de Segunda Infancia!

Descendemos a través de las oscuras escaleras del orfanato y llegamos hasta las tripas del edificio. La Señora Espina saca una enorme llave de su bolsillo y la introduce en una gruesa puerta de madera que se la traga chirriando, con pereza y desánimo.

-¿Por qué tienes que ser tan rebelde? – insiste enfurecida.

He tratado de razonar con ella un millón de veces el porqué de las cosas que sí hago, pero si ni esas entiende tampoco lo hará con las que no hago. Agotada, le respondo de la manera más simple , sincera y comprensible posible.

– Porque este lugar me aburre – le espeto.

Grita, bufa, suspira y agita su cabeza tanto que parece que se le va a separar del cuello. Una pequeña victoria.

Da media vuelta , cierra la puerta y yo me quedo encerrada y a oscuras. No me preocupa, estoy acostumbrada. La oigo volver al piso superior dando airadas zancadas peldaño a peldaño y maldiciendo mi nombre: “¡Tania La Noche, peor que un demonio, eso es lo que eres! El día menos pensado te cojo y…”.

Por suerte, la luna, mi vieja compañera de noches solitarias, está enorme. Su pálida luz se cuela hasta mí a través de un pequeño ventanuco. Me siento en el húmedo suelo y la observo a través de sus barrotes.

Espero a que los pasos de La Señora Espina se pierdan en la distancia, así como sus gritos. Cuando dejo de escucharlos me levanto, pego mi espalda a la pared, adelanto mi pie derecho y cuento nueve pasos. Golpeo la baldosa de piedra sobre la que aterriza mi zapatilla, suena a hueco y sonrío. Me agacho y la separo del resto. Es mi pequeño escondite.

Oculto aquí dos cosas: un walkman y una lima de uñas de metal. Me pongo los cascos, pulso el play y camino hasta el hueco de la pared. Retiro un pedrusco bajo los aceros de la ventana; lo hago con cuidado, como un cirujano extrayendo un valioso órgano sano. Quito otro y uno más hasta descomponer parte de la base que los sostiene a la pared. Agarro los barrotes y los tiento, falta poco para poder arrancarlos y abrirme paso.

Llevo muchos meses picando en el sillar de piedra gris sobre el que descansan. Al principio era un modo más de pasar el rato, una tonta representación de lo que haría una presa en una cárcel, pero no tardé mucho en darme cuenta del mal estado de estos muros que más que con roca parecen construidos con arena.

Animada, escarbo con más fuerza que nunca, y mientras lo hago, pienso en todos los sitios a los que viajaré cuando obtenga mi libertad. Suena una canción que me encanta a través de los cascos de mi walkman, “Imagine” de John Lennon. La voz del ex-Beattle me hace fantasesar con recorrer Japón, con surfear en Australia y con zamparme una enorme hamburguesa en América. Cualquier cosa es mejor que pudrirse aquí. La melodía se acaba y me doy cuenta de que alguien me está llamando al otro lado de los muros.

– ¡Tania! ¿Estás ahí? – consigo distinguir la voz de Laurah, pero no está sola, las demás están con ella.

– ¡Quítate los cascos de las orejas, sorda! – protesta Samantha.

– ¡Sois la leche! – les digo sin poder verlas mientras apago el walkman -. ¿Quién de vosotras ha robado esa maldita tarta?

– No hemos sido ninguna, Tania – ahora es Noah la que habla. De ella sí me fío–. Créeme, se lo he preguntado yo a cada una por separado y todas me han jurado que no han robado el pastel.

Noah ha sido nuestra líder desde el primer momento que llegó al orfanato. Con solo cruzar una palabra con ella te das cuenta de que es más madura de lo que aparenta por su edad. Es muy lista y tiene una personalidad increíble. Es una de estas personas que aunque de primeras no parece tener ningún atractivo en especial te enamora, y eso que tiene la cara alargada como un calabacín y las mejillas salpicadas de granos.

– ¿Entonces ha sido una de las cuidadoras? ¡Cada día están más locas! ¡Habrá sido La Señora Florete! Esa bola de grasa se comería hasta a ella misma – todas ríen con mi gracia -. ¿Estáis ahí las once?

– Sí – responde Noah –. Ninguna quería que pensaras que te la había jugado.

– ¡De verdad que no te haríamos eso, Tania! – me asegura Monicah – ¡En serio! – sonrío contenta.

– Toma – Natasha me tira mi jersey rojo a través de la pequeña ventana -. Póntelo, esta noche va a hacer mucho frío. – Lo abrazo y lo huelo, es mi suéter favorito.

– Gracias – le digo mientras me lo pongo –, y perdona por lo de tu lima.

– ¿Cómo? – replica enfadada -. ¿Ese ruido en la piedra lo estás haciendo con mi lima de uñas? ¿Sabes lo difícil que es conseguir una por aquí? ¡Y ya me has destrozado siete! – “que tú sepas”, pienso para mí.

– Olvida eso Natasha – la interrumpe Noah -. Tania, para compensarte ¿qué te parece si mañana nos escapamos de excursión hasta La Montaña Del Cuerno Roto? Dormiremos allí toda la noche en tiendas de campaña y volveremos antes de que las señoras se despierten.

La idea me encanta. Todo lo que incluye la palabra “escapar” me produce un placentero escalofrío que me recorre el cuerpo.

– ¡Genial! Pero ahora marchaos. Id a disfrutar de La Fiesta De La Normalidad. Si las señoras no os ven en la sala principal sospecharán, os encontrarán aquí y os castigarán a todas. ¡Y entonces no podremos irnos de excursión!

– ¡Todos los años lo mismo! – protesta Laurah -. No es divertido celebrar que todo sigue normal y como siempre, es como alegrarse de que todo es aburridísimo.

– Vámonos, Tania tiene razón. No estropeemos lo de mañana; pero tú deja ya de roer la pared con la música puesta. Como te pillen…

– ¡Pero mañana estaremos todas hechas polvo! ¡Las señoras nos obligan a no dormir para mirar el amanecer después de la estúpida fiesta!

– “¡Un nuevo día, y toda la energía que da fuerza al mundo sigue igual y en equilibrio!” – recitamos a coro imitando la voz de nuestras cuidadoras.

– Entonces lo dejaremos para pasado mañana. Ahora vámonos.

Todas obedecen a Noah. Se despiden de mí y se marchan.

Me vuelvo a poner los cascos en las orejas y suena “Wonderwall”. Sigo perforando, ya falta menos. No puedo evitar fantasear con Venecia y sus canales, con los tulipanes de Ámsterdam o con las costas de Cádiz. Trabajaré de camarera en las ciudades que visite, y cuando gane suficiente dinero me mudaré a un nuevo lugar y volveré a empezar. Conoceré a muchísima gente, viviré grandes aventuras, enamoraré a príncipes y a reyes , y jamás me quedaré parada en un mismo sitio más de tres meses. Aprenderé a tocar el bajo y formaré un grupo de música que será un exitazo. Escribiré libros sobre mi vida y moriré con una sonrisa en la cara, feliz y satisfecha, dejando como legado una intensa vida y un millón de nietos que seguirán mis pasos. Todo eso se encuentra al otro lado de este muro.

Pero el agotamiento puede conmigo antes que yo con mi objetivo. Lo escondo todo en su sitio y me acurruco en el intento de cama que tiene esta celda, tan cansada, que caigo rendida al poco de cerrar los ojos.

Todo está oscuro, sé que estoy soñando. No puedo ver nada a mi alrededor pero me encuentro tranquila, sin sentir ningún temor pese a no saber donde estoy. Una mariposa azul brillante revolotea a la altura de mis ojos. Me quiero acercar a ella pero no soy capaz de mover los pies. Insisto, lo intento con todas mis fuerzas pero no avanzo ni lo más mínimo. La mariposa me mira , por un segundo creo que tiene ojos humanos. Está desilusionada, no sé cómo puedo saberlo pero lo sé. No tiene sentido, pero está triste y abatida. Me promete que volverá y me rescatará, de ese modo extraño con el que sucede todo en los sueños. Con un parpadeo añil, desaparece en la oscuridad.

Me despierto de golpe. Estoy empapada. Abro los ojos y descubro a la señora Espina apuntándome con un cubo de agua fría, ahora vacío.

– ¡Despierta, holgazana! ¡Sabes que después de La Fiesta De La Normalidad hay que estar en pie para ver el amanecer!

– ¡Estás loca! ¡Demonios, yo…! – balbuceo desorientada, estoy calada hasta los huesos -. ¿No sabes lo que es un despertador?

– Cuando tú aprendas lo que es respetar las normas yo aprenderé lo que es un despertador. Y ahora levanta ese culo flaco tuyo; deja, ya lo hago yo.

Tira de mi brazo hasta ponerme en pie y me arrastra al exterior del edificio. Allí, con los pies descalzos y sobre la hierba húmeda, se encuentran mis amigas con unas ojeras grandes como puños y tiritando de frío. La señora Espina me obliga a descalzarme a mí también, y lo hago, hundiendo mis dedos en el rocío del campo.

Hoy las cuidadoras no visten como ayer. Las togas que cubren su cuerpo son rojas en vez de negras. Cerramos todas los ojos, adelantando la mano derecha y poniéndola a altura de la frente, con los dedos apuntando al cielo.

– ¡Un nuevo día, y toda la energía que da fuerza al mundo sigue igual y en equilibrio! – repetimos todas.

– ¿Podemos irnos a dormir ya? – pregunta Laurah con un gimoteo.

– Sí – accede la Señora Espada, maestra de cuidadoras -. Id, pequeñas, id y descansad. Os habéis portado bien. Agradezco vuestro esfuerzo.

Todas salimos corriendo hacia nuestras habitaciones pero la maestra me detiene.

– Tú no, Tania. Por favor, pasea un poco conmigo.

La señora Espada es la más vieja de todas. Tiene los ojos siempre cerrados, como si las arrugas de su cara le empujaran los párpados hacia el interior de su carne. Tiene chepa, pelillos afilados como cuchillas sobre el mentón y manchas en la cara, pero nada de eso consigue afear su sonrisa de abuelita encantadora. A su diestra, y como siempre, le persigue un gato de pelo gris al que llamamos “Pirata” por una cicatriz que tiene bajo el ojo derecho.

– ¿De qué quiere hablar, señora Espada?

Mira al horizonte, a las montañas, y comienza a andar apoyada en su bastón. Yo la sigo con mi brazo listo para cedérselo en caso de necesidad.

– La señora Espina me ha comentado que has pasado la noche castigada en la celda del sótano, Tania. Cuéntame qué has hecho.

– ¡Pues que alguien robó una tarta! No fui yo, pero me han cargado a mí con las culpas.

La anciana masculla mis mismas palabras en su boca, como si necesitara masticarlas antes de poder digerirlas y comprenderlas.

– ¿Seguro que sólo es eso? – me sonríe como solo ella sabe -. La señora Espina me ha contado que le has dicho “ este lugar me aburre”, ¿es cierto eso? – afirmo con un gesto de cabeza -. Eso es interesante y muy normal, mi pequeña niña – sigue la señora – . Te estás haciendo mayor y no podremos retenerte aquí siempre – suspira y mueve los labios, como si entre ellos se estuvieran cociendo las siguiente palabras a decir -. Muchas de tus amigas permanecerán con nosotras – la señora Espada apunta con su bastón a los muros de roca y enredaderas del orfanato –, e incluso llamarán a este lugar “hogar”. Posiblemente hasta un par de ellas decidan unirse a nuestra congregación y ayudar a otras tantas niñas perdidas que llamen a nuestra puerta. Pero tú no, Tania. Eso lo sabemos las dos.

– Lo sabemos las dos – repito con un bufido.

– Pero todavía no podemos dejarte marchar, Tania. Eso también lo sabemos las dos.

– ¿Cómo? – el corazón de me da un vuelco -. ¿Por qué no? – me paro en seco, enfadada -¿Por qué no puedo irme de aquí?

– Vamos, vamos. No es tan grave, pequeña. No digo que no puedas hacerlo algún día pero no ahora mismo. Aún no estás preparada para el mundo tras estas praderas, ni tampoco el mundo lo está para ti – mastica un poco más -. Los distintos caminos por los que discurre la vida son infinitos, y has de crecer un poco más antes de poder tener la capacidad de decidir cuál es el tuyo.

La sangre se me sube a la cabeza. De repente el mar de California, los bosques de Sudamérica y las ciudades de Europa me parecen lejanas e inalcanzables.

– ¡Todo eso me da igual! ¡No pienso pasarme aquí toda la vida! ¡No me importa lo que diga! – y sin decir más, doy media vuelta y regreso al edificio.

En el interior reina el silencio, también en mi habitación. Allí duermen en sus camas Samantha, que ronca como un camionero, y Noah, que se despierta al escucharme entrar.

– ¿Qué haces, Tania? ¿No estás cansada? – me pregunta frotándose los ojos.

– No. Estoy furiosa.

– ¿Y eso por qué?

Me desembarazo del edredón y me siento sobre el colchón

– ¡Porque quiero irme de este maldito lugar! ¡No aguanto permanecer aquí ni un segundo más! Quiero ver lugares fuera de estas montañas, conocer el mundo entero.

Noah se frota la cara, se revuelve el pelo y resopla agotada.

– Eso no es nada nuevo, me lo has contado un millón de veces. Tienes que tranquilizarte, lo conseguirás algún día.

– Ya. Es posible. ¡Ojalá! Pero es que La Señora Espada me acaba de decir que no me dejará irme.

Se levanta de su cama y se acerca a mi lado.

– No pierdas la fe, Tania. Si eso es con lo que sueñas, insiste. Mira, tengo algo para ti.

Noah camina hacia mi armario, lo abre de par en par y me muestra un martillo y una punta gruesa metálica

– ¿Para qué quiero eso? – le pregunto.

– Con esto podrás terminar de quitar los barrotes de la celda del sótano y escapar por fin en mitad de la noche, cuando nadie se lo espera. Como tú quieres hacer.

Sonrío y abrazo a Noah.

– ¿Cómo lo has conseguido?

– Se lo he cogido prestado a la señora Dardo del taller de arte. Guárdalo entre la ropa y haz algo para que te vuelvan a castigar.

Cojo una caja de cerillas y enciendo una vela.

– ¡Apaga esa vela! – grita de repente Noah.

– ¿Por qué? – le pregunto sorprendida -. Me hace falta algo de luz para ver dónde puedo esconder esto.

Noah se apresura a soplar la mecha para extinguirla.

– Es que si las cuidadoras ven la llama sabrán que estamos despiertas. Entrarán aquí y nos descubrirán – me grita tapándose la cara.

– Perdona. Tranquila – me extraña verla tan agitada.

Me hago un fardo con una camiseta vieja a la altura del vientre y lo escondo todo.

– Noah ¿por qué no te vienes también tú conmigo? ¿No tienes ganas de ver mundo?

Mueve su cabeza a los lados y posa su mano sobre mi hombro.

– Yo aún me quedaré por aquí un poquito más, pero tú no te olvides de mí cuando te marches, seguro que volveremos a vernos. Tampoco voy a quedarme aquí para siempre.

– Claro que volveremos a vernos, Noah – la vuelvo a abrazar.

– ¿Me vais a dejar dormir ya? – Samantha se despierta.

– Tranquila, Samantha, sólo nos estamos despidiendo. Tania va a huir de aquí esta misma noche

– ¡¿En serio?!

– Así es.

– ¿Entonces puedo quedarme con todos los libros de viajes, las cintas y las pelis que escondes en tu armario?

– Claro que puedes, ya no los necesitaré más.

– Ahora sólo falta que la cuidadora te castigue.

– No creo que necesite esforzarme mucho, después de lo de la tarta…

– ¿Pero quién habrá podido robar esa tarta? – pregunta Samantha.

– Es extraño si te paras a pensarlo. La íbamos a poder comer todos esa misma noche. No tenía ningún sentido robarla.

– A no ser – añado – que una de nosotras la quiera toda para ella por una razón que no conocemos. ¿No estaba Thammy haciendo régimen? Puede que le diera vergüenza que la viéramos comiendo y por eso la cogió, para engullirla entera ella sola.

– Sinceramente, ahora mismo me importa bien poco. Estoy agotada – Noah se tumba en su cama y se cubre entera -. Por la tarde seguiremos hablando de esto, si aún sigues por aquí.

Yo hago lo mismo pero no consigo dormirme. Miro al techo en silencio mientras abrazo la bolsa que guardo bajo el jersey.

Sin darme cuenta llega el mediodía. Me adelanto hasta la ventana y descorro las cortinas. Todo se ve gris: el cielo, el río que discurre a lo lejos, los muros de piedra y la carretera por la que solo llega el camión que nos trae comida una vez al mes. Llevo en este sitio desde que tengo uso de razón, pero me resulta imposible considerarlo mi hogar.

Las cuidadoras caminan por el corto pasillo que lleva a nuestras habitaciones, abren las puertas y nos despiertan a todas. Desayunamos, asistimos a las clases, me escaqueo para no ir a la capilla a rezar, jugamos en el patio, comemos y cenamos.

Al final del día subo hasta el tejado del orfanato con la ayuda de una escalera de madera. Allí me siento y veo como se pone el sol. Me gustaría ser como él y poder desaparecer al otro lado del mundo cuando llega la noche.

En el campo descubro a la señora Espada mirándome y agitando la cabeza con desaprobación. Al poco desaparece entre las sombras.

– ¡Tania! ¡Tania Lanoche! ¡¿Dónde te escondes, niña?! – Espina sale del orfanato gritando mi nombre -. ¡Ahí estás! – proclama triunfal al encontrarme.

– ¿Qué pasa esta vez?

– ¡Baja aquí! – le hago caso y llego a su lado -. ¿Dónde está mi alisador de pelo? ¡Me lo has robado tú!

Me echo las manos a mi pelo negro y más liso que una tabla.

– ¿Para qué iba a robarlo? ¿Has visto mi cabellera? – me agito el flequillo con un dedo y las puntas sobre mis hombros – ¡No necesito alisarme nada, mi pelo es como el de una china!

– ¡Esto tiene tu firma, Tania! ¡No lo niegues ahora! Seguro que lo has robado sólo para amargarme el día.

Protesto con un chillido ahogado.

– ¡Castígame y ya está!

La señora se enfurece. Me agarra con fuerza por la oreja, sé que le apetecería darme un bofetón pero se contiene. Me arrastra de nuevo hasta el calabozo del sótano. Yo sujeto disimuladamente el martillo y el pico ocultos bajo mi ropa mientras me prometo jamás regresar a este lugar cuando me haya ido.

Se cierra la puerta de mi cárcel. Espero a que la cuidadora se aleje para llegar hasta la ventana y picar la pared con las herramientas de Noah. Hoy no hay luna, cuesta más trabajar a oscuras, pero no me rindo. De pronto, el último barrote cede, no puedo contener la emoción y aparto de un manotazo todos los demás que ya estaban medio sueltos. Me encaramo al ventanuco con un salto y, derrapando con la suela de mi zapatilla contra la roca, cuelo una pierna, luego la otra, mi culo y todo lo demás.

Caigo al suelo al otro lado y me mancho las rodilleras del chándal de hierba. Corro como si me persiguiera el mismísimo diablo, salto la verja de piedra y llego a la carretera con una sonrisa de oreja a oreja. Sin importarme la dirección, doy un paso tras otro a toda velocidad mientras hago planes sobre mi futuro. Si tengo hambre pescaré o cogeré fruta de los árboles, si tengo sueño dormiré en un lecho de hojas. Si me siento sola encontraré a otros nómadas que me harán compañía. Miro hacia atrás una última vez. El orfanato se ve ya muy pequeño en la distancia, no es ya más grande que mi dedo. Sonrío y sigo corriendo bajo la luz amarillenta de las farolas. Me falta el aliento pero me da igual, continúo y un poco más, hasta que al final tengo que detenerme para respirar.

Encorvo mi cuerpo, miro al suelo y me llevo las manos a las rodillas con el corazón acelerado, pero muy feliz. Al cabo de un rato, me encuentro mejor y me incorporo para reiniciar la marcha.

De pronto, las luces de las farolas se apagan, como si hubiera ido la luz. La noche se vuelve tan oscura como el interior de un pozo. No logro ver nada a mi alrededor, de hecho, no puedo verme ni a mí misma. Escucho un zumbido eléctrico, tan intenso que me recuerda al motor de un camión arrancando o a un ogro rugiendo. Justo cuando creo que me van a explotar los tímpanos, las farolas vuelven a encenderse y el gruñido cesa.

Las estrellas regresan a su sitio, y la carretera, y las montañas , y se me me corta la respiración. El orfanato Segunda Infancia vuelve a estar ahí, como si nunca me hubiera alejado de él. Como si él mismo hubiera corrido hasta mí o como si hubiera atravesado un agujero de gusano, transportándome de vuelta al inicio de mi huida.

Ver de nuevo el edificio activa algo en mi mente. La cabeza empieza a darme vueltas y las piernas dejan de responderme. Me desplomo. Lucho por levantarme, pero me resulta imposible, apenas puedo gatear. Y me quedo dormida.

Entre la penumbra de mis párpados cerrados me parece distinguir una mariposa azul. Revoloteando, me mira sin mirarme y desaparece por el camino que debía estar recorriendo ahora. Su mirada sigue siendo triste. De nuevo, parece desilusionada pero vuelve a prometerme que volverá para salvarme.

Mira lo lejos que ha llegado….

…Sí, nos va a resultar imposible retenerla aquí por más tiempo…

….Las paredes que él construyó para ella ya no son suficientes…

…Si al menos pudiéramos haberle puesto un nombre mudo…

Si los rumores de los que hablan los clanes son ciertos….

“¿A quién pertenecen esas voces que escucho en mi ment?”, me pregunto en sueños. “¿Son las cuidadoras?”. Antes de poder alcanzar una respuesta, recupero la consciencia.

Estoy de nuevo en la celda de castigo y los barrotes han vuelto a su sitio. Voy hacia ellos, los sujeto, los golpeo pero no consigo nada. La piedra está intacta, como si nunca hubiera clavado en ellas mi lima de uñas. Grito, lloro y acabo acurrucada en un rincón, asustada y con la certeza de que jamás podré escaparme de aquí.

Página 2 ->

 

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>